Así nos ve, Isabel Martí:
Pocas escuelas hay tan valiosas como el tiempo y cuando uno es niño y tiene todo por descubrir lo que tiene más cerca es lo que mejor aprende, aunque uno no sea necesariamente consciente de ello enseguida porque, como dijo Einstein,
¿qué sabe el pez del agua en la que ha nadado toda su vida?”
Yo nací en una empresa familiar. Jordi y yo hemos hablado alguna vez de este detalle que une a los que nacemos en una familia con negocio familiar: uno nunca sabe dónde acaba la familia y dónde empieza el negocio. Algunos terminan viviéndolo como una carga pero otros, los más afortunados, un día descubren que es una bendición. Esa es la razón por la que no tendría sentido hablar de la Jordi sin hablar antes de su familia. Porque todo árbol fue antes una semilla de otro. Y Ricardo Carrillo ha sido para Jordi no solo el árbol del que proviene sino, diría yo, la tierra donde hunde sus raíces, el agua que le hizo crecer.
Ricardo Carrillo, empezó con su hermano Pepe. Ambos terminaron haciendo de esa pasión su profesión y aprendieron como aprenden los valientes: de la prueba y el error. Toda la familia arrimó el hombro: el padre, las hermanas, la mujer de Ricardo… Y la empresa creció tanto que cada hermano abrió su propia tienda.
Así que Jordi Carrillo vino al mundo en una ya consolidada familia de fotógrafos. Claro que por aquel entonces aún no sabía que esa iba a ser su profesión. El negocio de sus padres no era más que un fascinante espacio de juegos donde uno podía esconderse tras lienzos de decorado o mirar el mundo a través de un negativo. Creció colocando carretes en una estantería, pegando contactos en una libreta o positivando negativos en una máquina del tiempo que inmortaliza la belleza para siempre.
Hasta que un día cualquiera, con reverendo respeto, Jordi empieza a coger LAS MÁQUINAS sin necesariamente saber el precio pero siendo muy consciente del valor. Y comienza como quien sigue jugando a disparar, a elegir encuadres sin todavía saber, imitando sin ser consciente lo que ha visto en su padre. Y entre mucho error sale un acierto. Y a uno empieza a picarle el orgullo.
Y claro que llega la adolescencia que todo lo sacude. Y claro que uno se revela contra su destino y decide buscar su propio camino. Y claro que uno se equivoca. Porque crecer consiste en eso, en equivocarse, en levantarse una mañana a miles de kilómetros de donde uno nació y darse cuenta de que, en realidad, es donde siempre quiso estar. Porque el pez solo comprende el agua que le vio nacer cuando ha salido de ella. Sólo entonces puede regresar para quedarse, sabiendo que no fue el destino quien eligió, sino él mismo.
Puede que al principio la fotografía eligiera a Jordi Carrillo. Pero al final fue Jordi Carrillo quien eligió la fotografía. De otro modo no podría hacer las fotografías que hace.

